Capítulo 3 de Gustos de una escritora, de May
Gustos de una escritora III
Maritza.
Acaricio a Scarlett por dentro, entro y salgo con suavidad, una y otra vez, hasta que la escucho gemir suavemente. Me pregunto si podrá con dos. Saco mi dedo ignorando sus incomodidades y escupo el índice y el anular, entro suavemente.
Scarlett grita.
—¡Ah! ¡Ama! —Gimotea.
—No te he dado permiso para hablar.
Escucho un ruidito.
—¿Quieres más verdad? —Me carcajeo burlona. —Recuerda que no puedes acabar —murmuro amenazante. Saco mis dedos, tomo un pequeño artefacto ovalado y lo sumerjo en su interior. Gimotea seguramente pensando que son mis dedos. Cuando la hago moverse, su expresión bajo la venda es de pura sorpresa.
Fue todo un acierto traerla hasta aquí.
Scarlett
Se que no debo preguntar… pero qué carajos tengo dentro de mí, pienso cuando me deja en el suelo.
Se siente extraño tener algo en mi interior.
—Lustra mis botas —escucho.
Coloca su bota cerca de mi boca.
Siento un golpe en mi trasero, no puedo evitar gemir, ya veo que se dio cuenta de donde está mi límite.
—Ya sabes que hacer. —Quita mi venda de los ojos, trato de parpadear varias veces para acostumbrarme a la luz, logro visualizarla, además de ver implementos sobre la mesa.
Otro golpe, otro grito.
—No estaré aquí toda la noche. —Gruñe.
Me inclino y avergonzada, saco lentamente la lengua deslizándola por sus lustrosas botas. Aquella sensación es extraña, pero sigo haciéndolo.
—Mírame mientras lo hagas —ordena sacando un artefacto pequeño y cuadrado de su bolsillo.
—Ves, así, ese es tu lugar —ronronea. Pego un salto al sentir como vibra suavemente algo en mi interior. Libero un gemido.
Otro golpe.
—Continúa, no veo dedicación de tu parte. —otro golpe.
Siento como aumentan las vibraciones en mi ser, me inclino y esta vez saco toda la lengua, deslizándolo desde la puntera al talón. Una y otra vez, por los cordones, por la suela y por el tacón.
Clavo mis uñas en el suelo, no sé cuánto tiempo más pueda resistir sin correrme.
—Muy bien. —Sonríe.
Sigo en mi labor de lamer sus botas, aunque por momentos me detenga por las vibraciones que aumentan gradualmente.
Otro golpe me hace continuar, debo tener el culo al rojo vivo pero intento no detenerme más, cuando se da por satisfecha aleja su bota de mí.
La veo sentarse al borde de la cama y clavar su mirada en mi cuerpo.
—Ven—ordena en un momento. Intento levantarme, pero me detiene antes que lo haga.
—No, hazlo en cuatro. —Aclara. Simplemente obedezco y comienzo a gatear, sin embargo, vuelve a usar ese artefacto haciéndome retorcer, las vibraciones son mucho más altas, no puedo acallar un gemido.
—¿Qué pasa? ¿Por qué demoras tanto?
Con mucho esfuerzo logro llegar, sintiendo como mis piernas tiemblan.
—Muy bien, tienes potencial claramente—acaricia mi rostro mostrando una gran sonrisa. —¿Quieres atención verdad? —dice casual, haciendo una pregunta que está demás, tengo muchísimas ganas.
—Sí, ama, por favor— suplico.
—Acuéstate en la cama—Exige.
Me levanto y hago lo que me pide. La veo tomar una fusta con largas tiras de cuero en su cabezal.
—Abre las piernas—demanda. Da un golpe certero y controlado en mi centro, haciéndome cerrar las piernas después de haber liberado un grito mezclado entre dolor y placer.
—¡Maldita sea! Abre las putas piernas—grita. Un poco temblorosa lo vuelvo a hacer, esta vez lo soporto y lo disfruto. Acciona lo que sea que tengo en mi ano y siento que voy a explotar.
Recibo otro azote, pero en mi abdomen, otro en entre mis pechos, causando que respire agitadamente mientras elevo mi espalda de la cama.
—¡Quieres más! —sonríe lascivamente.
—Sí, ama—gimoteo. Falta poco.
Vuelve a azotar mi vagina, puedo sentir como esas largas tiras de cuero golpean mis labios, mi clítoris no deja de palpitar, rogando por atención.
No sé si lee mentes o qué mierda, pero la veo sacar de una mesita de noche un succionador de clítoris.
Se acerca y se sienta cerca de mi cuerpo. Desciende su dedo índice por mi vientre, mi piel se estremece con su tacto, llega hasta mis labios inferiores, penetrando mi cavidad, trato de aprisionar su dedo dentro de mí, pero lo retira prontamente. Provocando un quejido de frustración.
Se lleva el dedo a su boca, saboreando con mucha devoción.
Coloca el bendito succionador en mi clítoris y lo enciende. Me es imposible no gritar cuando lo siento trabajar exquisitamente, las sensaciones que provienen de mi ano se incrementan con las de mi vagina.
¡No me puedo estar quieta! Muy sudada, agarro fuertemente las sabanas retorciéndome de placer.
—Ama, déjeme acabar —Gimoteo, una lágrima me traiciona.
Ella pensativa se divierte un rato conmigo, luego con suavidad, asiente.
No pasa mucho tiempo cuando no puedo más y con un escandaloso grito me vengo, las convulsiones no abandonan mi cuerpo, trato de hablar, pero se me hace imposible, intento llevar mis manos hacia las suyas; no obstante, mi ama apenas me da unos segundos de descanso, mi cuerpo no obedece, comienzo a sentir nuevamente las vibraciones del succionador.
¡Esta mujer me quiere matar! Se mantiene así y vuelve a penetrarme.
Grito desesperadamente al correrme por segunda vez. Por un momento sentí que no estaba llegando suficiente aire a mis pulmones, además de tener mis labios resecos y mi cuerpo muy caliente y mojado.
—Querías correrte, pues ahí lo tienes—comenta satisfecha de casi haber acabado con mi vida.
—Gracias, ama—es lo que trato de pronunciar.
—Para ser tu primera vez ha estado bastante bien, podrías mejorar si quisieras.
—No lo sé— respondo sinceramente.
—¿Qué no sabes? ¿Acaso no te gustó? Porque parecía que lo disfrutabas.
—Sí, ama. Pero...—guardo silencio. Sonríe.
—Pero... —Hay un silencio — Si no te has dado cuenta yo solo busco con quién disfrutar del sexo a mi manera.
No me sorprende, no puedo pensar en algo diferente para una mujer como Maritza.
—Recoge tus cosas—Ordena— es tarde, llamaré un taxi para que vuelvas a tu casa o a dónde quieras ir.
Permanecí callada, obedeciendo a lo que había dicho.
Llegué a la puerta, antes de irme volteé para verla por última vez, estaba prendiendo un cigarro, tan solo puesta una camisa que cubría un poco de sus piernas, dejando entrever su ropa interior, es un espectáculo de mujer sin duda.
—Adiós, ama. —me despedí de ella.
—Si alguna vez quieres volver a servirme ya sabes dónde encontrarme— habló de repente.
No pude ocultar una sonrisa, una sonrisa que ella no pudo ver porque ya estaba de espaldas abandonando su casa.
Fin