Capítulo 6 de Ceguera de madre, de Thais
El PULSO DE LOS DÍAS GRICES Y LAS VOCES DE LA MENTE
Las semanas dentro del hospital comenzaron a fundirse en un solo día largo y monocorde, marcado únicamente por el parpadeo de las luces fluorescentes del pasillo, el cambio de turnos de las enfermeras y el goteo incesante del suero. Para Valeria, el tiempo dejó de medirse en fechas del calendario y pasó a contarse por los ciclos de los medicamentos, las rondas matutinas del Dr. Salazar y las horas en que las náuseas decidían darle tregua.
El cuerpo, sometido a una dura disciplina de nutrición intravenosa y tratamientos oncológicos, empezó a responder de manera lenta pero perceptible. Ya no había desmayos fulminantes en los pasillos ni la urgencia asfixiante de los primeros días. Con el paso de los dos meses internada, Valeria recuperó un mínimo de color en los labios y logró sostenerse en pie por sí misma, caminando despacio por la habitación con la ayuda de un pequeño bastón rodante o apoyándose de las paredes blancas.
—Te estás ganando cada gramo de fuerza a pulso, Valeria —le decía el Dr. Salazar con una sonrisa de genuina admiración al revisar sus últimas analíticas—. La masa tumoral ha mostrado una respuesta favorable a la quimioterapia. No estamos curados, ni mucho menos, pero le has ganado un terreno valioso al tiempo.
Ese diagnóstico médico era un soplo de aire fresco, pero la verdadera batalla no se libraba únicamente en sus células, sino en el laberinto de su propia cabeza. Los días en el hospital no eran todos iguales; el encierro tenía la extraña habilidad de amplificar los pensamientos, convirtiendo la mente en un péndulo implacable que oscilaba entre la luz de la esperanza y la oscuridad más profunda.
Había mañanas en las que Valeria despertaba con una inusual chispa de energía. Miraba el amanecer a través del gran ventanal de cristal que daba al bullicioso y frío panorama de la ciudad estadounidense y sentía una repentina oleada de valentía. En esos días luminosos, su mente se llenaba de planes y deseos sencillos: quería volver a caminar sin dolor, quería aprender tantas cosas que tenía pendientes, quería demostrarse a sí misma que su historia no iba a terminar en una cama de clínica.
«Puedo lograrlo. Estoy respondiendo al tratamiento. Voy a salir de aquí», se repetía a sí misma mientras desayunaba el caldo tibio, sintiendo que cada sorbo era un acto de rebeldía contra el pronóstico médico. En esos momentos, el orgullo de estar luchando sola le llenaba el pecho.
Pero los días buenos eran frágiles, y la sombra nunca tardaba en regresar. Había tardes grises, sobre todo cuando la lluvia comenzaba a golpear los cristales del hospital, en las que el péndulo caía pesadamente hacia el otro lado. El silencio de la habitación se volvía ensordecedor y la mente de Valeria se convertía en su peor enemiga.
Entonces asomaban los pensamientos oscuros, aquellos que intentaba ahogar pero que siempre encontraban una rendija por donde filtrarse. Pensaba en su madre, en Sofía. ¿Cómo era posible que una madre pudiera borrar de su vida a una hija enferma con tanta facilidad? Se preguntaba si en algún momento de esos meses largos y solitarios su nombre habría cruzado por la mente de Sofía, si se habría detenido a pensar si comía o si siquiera seguía respirando. La respuesta, fría y evidente, siempre dolía como un golpe seco en el estómago.
«Estoy completamente sola en el mundo. Si muriera hoy en esta cama, nadie lloraría de verdad; para ella solo soy un estorbo que finalmente se quitó de encima», pensaba con los ojos fijos en el techo blanco, mientras las lágrimas, silenciosas y amargas, resbalaban por sus mejillas y mojaban la almohada. En esos momentos de profunda tristeza, el cuerpo entero le pesaba el doble. Las ganas de luchar se esfumaban, el miedo al dolor futuro la paralizaba y se preguntaba si valía la pena soportar tanto sufrimiento físico y emocional para ganar apenas unos meses más de vida. ¿Para qué aferrarse a una existencia donde nadie la esperaba al otro lado de la puerta?
El Dr. Salazar, con esa intuición clínica y humana que lo caracterizaba, parecía notar las tormentas internas de su paciente. En una de sus visitas, al verla con la mirada perdida y el semblante ensimismado, se detuvo al pie de la cama.
—La mente es un terreno difícil de navegar cuando el cuerpo está atado a una habitación, Valeria —le dijo con voz suave, cruzándose de brazos—. Es normal que un día te sientas invencible y al día siguiente sientas que el mundo te aplasta. No te exijas estar fuerte todo el tiempo. Permitirte quebrarte también es parte de la curación.
Sus palabras funcionaban como un bálsamo temporal. Valeria comprendió que no tenía que ser una heroína de piedra; su vulnerabilidad era legítima. Con las semanas, aprendió a aceptar esos altibajos emocionales sin castigarse por ellos.
Un día, mientras observaba cómo las gotas de lluvia resbalaban por el vidrio, se tocó el abdomen con suavidad. El dolor seguía ahí, agazapado, y la ausencia de su madre seguía dejando un vacío imposible de llenar. Pero por primera vez en mucho tiempo, supo que sus pensamientos, tanto los luminosos como los más oscuros, le pertenecían exclusivamente a ella. Estaba viva, estaba lidiando con sus propios fantasmas, y aunque la incertidumbre del mañana pesaba sobre sus hombros, la batalla en su interior continuaba con más fuerza que nunca.