Capítulo 8 de Ceguera de madre, de Thais
LA TINTA Y EL SILENCIO
Los días en la habitación se medían por el ritmo cansado de la respiración y por el tictac invisible de un reloj que parecía haberse detenido. Valeria ya no esperaba un milagro en la puerta. Había dejado de lado esa ilusión infantil de que un día Sofía se levantaría con el corazón blando, le tocaría la frente y le prepararía un caldo caliente.
Con los años y los golpes, Valeria había comprendido una verdad mucho más áspera y definitiva: no había ningún trauma secreto detrás de los ojos de su madre, ni un pasado trágico que sirviera de excusa. Sofía era fría, distante y cruel simplemente porque nunca la había querido. Porque no le dio la gana de hacerlo. Y aceptarlo, aunque quemaba por dentro, le quitó a Valeria el peso absurdo de seguir buscando una culpa que jamás tuvo.
Esa mañana, sentada en la orilla de la cama con una cobija sobre las piernas para calmar el temblor constante de sus huesos, Valeria sintió que el silencio de la casa pesaba demasiado. El dolor en el abdomen seguía allí, sordo y punzante, recordándole que el adenocarcinoma gástrico avanzaba implacable, consumiendo sus dieciocho años poco a poco.
Pero su mente se negaba a apagarse.
Abrió el cajón de la mesa de noche y sacó un viejo cuaderno de pasta negra y un bolígrafo con la tinta a media vida. No tenía fuerzas para levantarse a caminar, ni a dónde ir si abría la puerta, pero en esas páginas en blanco tenía un universo entero donde nadie, ni siquiera la fría indiferencia de Sofía, podía alcanzarla.
Comenzó a escribir. Al principio eran solo palabras sueltas, descripciones de la luz gris que sefiltraba por la ventana, el ruido sordo de los pasos de su madre al otro lado de la pared, y el sabor amargo de la medicina. Luego, la historia empezó a tomar forma propia. Escribió sobre una joven que, en lugar de rendirse ante la oscuridad, construía una coraza invisible hecha de palabras, de recuerdos luminosos del hospital y del rostro amable del Dr. Salazar. Creó mundos donde el aire era limpio, donde las madres abrazaban a sus hijas sin motivo, y donde el final no dependía de la crueldad de los demás.
Escribir se convirtió en su refugio, en su trinchera y en su forma de respirar cuando el oxígeno escaseaba.
Un golpe seco en la puerta la sacó de golpe de su concentración. El sonido hizo que se le encogiera el estómago. No hubo palabras del otro lado, solo la presencia pesada y amenazante de Sofía deteniéndose un instante en el umbral, antes de seguir caminando hacia la cocina con paso firme y desinteresado.
Valeria cerró el cuaderno con suavidad y se quedó mirando la portada gastada. Apretó el bolígrafo entre sus dedos delgados, sintiendo el pulso acelerado. Sabía hacia dónde caminaba su cuerpo; sabía que, en algún punto del camino, el reloj se detendría por completo y que su madre la miraría sin una sola lágrima, con esa misma frialdad absoluta que la había acompañado toda la vida. Pero hasta que ese día llegara, cada palabra escrita en ese papel era una victoria suya. Una prueba terca de que, aunque intentaron borrarla del mapa, ella seguía existiendo.