Capítulo 9 de Ceguera de madre, de Thais

La MANCHA EN EL PASILLO

​La debilidad no avisa; simplemente se acumula en la sombra hasta que las piernas dejan de obedecer.

​Esa tarde, impulsada por la necesidad física de estirar el cuerpo y buscar un poco de agua fresca, Valeria juntó el valor suficiente para salir de su habitación. Tenía la vista nublada y un pitido constante en los oídos, pero avanzó despacio, sujetándose con los dedos temblorosos de la pared del pasillo para no perder el equilibrio.

​A mitad de camino hacia la cocina, un pinchazo violento le atravesó la boca del estómago, seco y lacerante, como si una navaja le secara las entrañas por dentro. Valeria se detuvo en seco, doblándose por la mitad. Intentó tragar aire, pero el cuerpo reaccionó de manera visceral.

​El ataque de náuseas la golpeó sin tregua. Se cayó de rodillas contra el piso de madera y, antes de que pudiera cubrirse la boca con las manos, devolvió una bocanada oscura, espesa, cargada del olor metálico e inconfundible de la sangre digerida.

​El sonido ahogado de sus arcadas retumbó en el silencio del pasillo. Apoyada sobre los codos, tosía y respiraba a bocanadas cortas, sintiendo que la vida se le escapaba en cada espasmo. Las lágrimas le nublaban los ojos, no solo por el dolor punzante en el pecho, sino por la humillación de verse tan vulnerable, derrumbada en el suelo como un animal herido.

​La puerta de la habitación del fondo se abrió lentamente.

​Los pasos de Sofía resonaron firmes y pausados sobre las tablas. No venían con la prisa de quien acude a un auxilio, ni con el temblor de una madre aterrorizada. Valeria, con la vista borrosa y la barbilla manchada, levantó apenas la mirada.

​Sofía se detuvo a un metro de distancia. Llevaba una taza de café en la mano. Miró el charco de sangre en el suelo y luego fijó sus ojos helados en la figura encorvada de su hija. En su rostro no había dolor, ni rabia, ni preocupación. Había una mueca de profundo e intolerable fastidio.

​—Qué asco —dijo Sofía. Su voz era un hilo plano, seco, sin la menor alteración de tono—. No tienes ningún cuidado. Limpia esa porquería antes de que la madera se manche.

​Sin agregar una sola palabra, sin amago de agacharse ni de tocarle la frente, Sofía dio la vuelta con elegancia y caminó hacia la sala, dándole la espalda como si hubiera tropezado con un desperdicio en la calle.

​Valeria se quedó allí, tirada en el suelo, escuchando el murmullo lejano del televisor que su madre acababa de encender. La rabia le quemó la garganta con más fuerza que el propio ácido del estómago. Una rabia fría, impotente, pero devastadoramente clara.

​Apretó los puños contra el piso, manchándose los dedos, y comenzó a levantarse centímetro a centímetro. No iba a pedirle ayuda. No iba a suplicar una sola gota de agua. Se arrastró hasta la cocina, tomó un trapo sucio y, con la frente sudada y los dientes apretados, empezó a limpiar su propia sangre del suelo. Cada pasada del trapo era un juramento silencioso: mientras le quedara un soplo de aire en los pulmones, su dignidad no se la iba a regalar jamás.