Capítulo 1 de Mer en soledad, de d.alexandro
Mer en soledad
El último cigarro. Mer lo sacó del paquete arrugado y se apretó contra el marco de la puerta corrediza, resguardado apenas del agua por el cristal. Asomó la mano por la rendija y la retiró mojada; se secó el pulgar en el pantalón, sin mucha fe. Abajo, un taxi pasó despacio, con el letrero a medio encender. La noche insistía en su regalo húmedo con esa majadería inanimada de la naturaleza ante el bípedo.
Poco antes, una estrella alucinada y roja había ido cayendo a lo lejos, entre los edificios, y un maullido cruzó las paredes de concreto con tranquila sencillez. Había buscado algo en el refrigerador casi vacío —un yogur pasado, una cerveza a medias, el cartón de leche con su fecha de vencimiento en letras diminutas— y se había quedado bebiendo junto al ventanal antes de acercarse a la puerta. Detrás, a través del vidrio, una cucaracha pequeñita caminaba lenta entre carpetas abiertas y hojas caídas en el suelo del estudio. "De la desterritorialización y anclaje: Investigación sobre la apropiación espacial y el capital cultural en entornos urbanos", alcanzaba a leerse en el centro de una de las hojas. La había visto pasar por los papeles, pero había fingido ignorar su estadía.
El encendedor falló dos veces; a la tercera, la llama titubeó lo justo para prender la punta. Aspiró hondo y contuvo el humo igual que contuvo todo lo que no decía. No quería permitir que el agua le robara ni una calada. No quería perder más, ni una vez más. De cumplirse aquello, sería la herida definitiva para un orgullo y un ego que no soportarían otro desaire. Mientras fumaba y miraba hacia la calle de piedra adoquinada, el vecino de los pisos de abajo volvía de pasear a su perro, otra vez. Se irritaba con solo pensar que el viejo de cejas peludas y nariz aguileña tuviera la mínima dicha, él, que seguramente sí había nacido sobre ese hormigón. Ni siquiera lo conocía; una vez, mientras subía, lo "miró mal", y a partir de ahí esa discordia. A pesar de todo, estaba lloviendo y Mer no se mojaba. Portaba en el semblante ese casi imperceptible desdén de los que se saben de otra pasta.
Se rio de sí mismo por dentro, como si dos habitaran sus entrañas, y uno de ellos disfrutara aquella rutina cómica. "Tanto que peleé por esto", se dijo, y la voz interior sonó como la de un extraño. "Ahora me importa una mierda." Asintió, porque era cierto.
Ya no le importaban las calles modernas ni los edificios imponentes. Ni el acento diferente. Ni la seda de las sábanas ni el colchón ortopédico. Todo aquello que había medido y calculado hasta el detalle. Hasta olvidar, casi, que no era de allí.
Seguía absorbiendo cada calada con la misma pasión con que recordaba las manos de cachemira y arroz que acariciaron las suyas el primer día que se conocieron. Y tontamente —y tiernamente, si se puede— había aprendido aquel juego de roces con los dedos, y lo había vuelto tan suyo como quiso. Exhalaba pesado.
Volvió un momento, con el cigarro entre los dedos, y se sentó en el sillón frente al ventanal, entre el estudio y la sala, con la pierna izquierda sobre la rodilla, apretándose el labio inferior con la mano que llevaba el reloj. Pensaba así, o a veces no pensaba nada. A veces no sabía lo que pensaba. Como murmullos de voces indistintas. Acostumbraba a apuntar palabras sueltas en un cuadernito; era un tipo de los que investigaban por mera curiosidad. Lo sacó: varios garabatos ilegibles, un lenguaje inventado por él mismo. Después, una posdata de Mor de un día en que se había quedado a dormir en aquella habitación que se diferenciaba en demasía del mustio cuarto en que se había convertido. En la hoja: su lenguaje, el de ellos.
Y en la página siguiente podía leerse una entrada de algún lunes no tan lejano, escrita por Mer: "Desde mi balcón contemplo esa luz roja de al fondo, y me coquetea titilando, como si murmurara que permanece allí, esperándome, anhelando que vaya a buscarla. Y no, no puedo rendirme; no debo dejar de pelear. Únicamente uno de los dos puede caer exhausto, pero alguien tiene que pelearla.
No te miento: no se ha librado mi psique de tus inútiles recuerdos, que tercos se niegan a irse, ni del color de tus ojos aquel día en la playa."
Unas páginas más allá, sin fecha: "Pasé frente al portón metálico de una casa cualquiera del barrio y el aire me tendió una trampa: olía a tu jabón, ese que nunca supe nombrar pero que reconocería entre mil olores, y de golpe ya no estaba en la calle sino en el primer día, entrando a tu apartamento, dejando que ese olor se me pegara a la piel como se pegan las cosas que uno no pide guardar pero que igual se quedan, tozudas, habitándonos. Como vos me habitás a mí."
Y más adelante todavía, otra entrada: "Ya no puedo ver una fecha sin que la mente me traicione con el cálculo: antes o después de aquel 8 de junio. Hoy me tocó leerla en un cartón de leche. Sin querer, sin pedirlo, ya sabía cuántos días llevaba sin vos, garrapata. Vi el póster de esa serie que nunca terminamos, en la vitrina de esa tienda de mierda a la que me daba pereza acompañarte. Ahora la detesto. Los ojos de los actores en el cartel parecen tenerme lástima, como si supieran que la dejamos a medias, como quedó todo lo demás. Cosas mínimas, ridículas de extrañar. Pero las extraño."
Pero hoy veía a la gente pasar, igual que todos los días. La lluvia había aflojado a un goteo de canaleta. ¿Habría cambiado la gente o él?, se cuestionaba a sí mismo. Naturalmente, las cosas cambian, se respondía otra vez. Un ping pong de desesperaciones.
Lo veraz de las cosas es que la pena se le sentó en el esternón a rumiar, y de esa rumia le subía la náusea, una náusea doméstica, bien educada, de las que no vacían nada y avisan con tiempo. Mer no salió de su apartamento bohemio, ni para comprar la repostería de la mañana ni para bajar la basura de la noche. Con la oscurita luz de su lámpara de escritorio, apenas se dibujaba su reflejo en aquel ventanal. De su teléfono, ni el recuerdo de un timbre. Una campana lejana dio la una. En su muñeca, no cambiaba.
"Como un estúpido", dijo varias veces mientras se quedaba esperando una o dos horas la supuesta llamada que habían acordado a las 23:00 porque a ninguno le quedaba bien otro horario sino ese. Y entonces buscaba consuelo en el rostro de los transeúntes, algo que le aflojara la sanguijuela que aún le palpitaba en el cuello, drenándolo, obstinada en su ausencia.
Había sido un apasionado por casi todo, incluso por el bípedo. Aquella foto que alegraba tiernamente las cuatro paredes fue partida en cuatro pedazos arrugados, todos juntos hechos bola, en el basurero con el resto de las notas.
De todos modos, el cigarro hoy le duraba más; era de goma, se estiraba, y en su reloj las manecillas no avanzaban. Ya no había viento ni lluvia, una tregua aprovechada por los amantes de la madrugada, y por primera vez esa noche salió al balcón. Mientras se asomaba, empapado el barandal, aspiraba largo y tendido, y su vista lo encontró de nuevo. Otra vez ese gato, el mismo de la semana pasada, el de las patas rayadas, sentado frente a la estatua de yeso gris del jardín de abajo, como quien espera turno. Mer dio un paso hacia atrás sin haberlo decidido, y la ceniza le cayó en la camisa y le dejó un agujerito chamuscado que tardaría en notar.
Y por una hilacha de tiempo —un pedacito inverosímil de momento— en los ojos de aquel gato se prendió una chispa tal que el mundo tangible se plegó como una de esas alfombras hechas rollo que no se acaban de desenrollar, que uno cree que ya, y todavía queda más tramo. Tuvo la certeza de que hubo otro día y ahí mismo: una puerta, la espalda de Mor y el lunar a su derecha que en las horas más vívidas y lúcidas había acariciado con una ternura mielosa. Su propio nombre, escrito en un idioma que solo dos personas hablaban, sonaba sin fin en una playa del color de los ojos de Mor. La luz roja seguía titilando al fondo, como en todas las noches en que la había mirado. Ahí estaba ella, y Mer no encontró nada que llevarse. Era intocable. Extendió la mano y ni siquiera aire. Y entonces volvió. Un segundo, solo eso.
Entró. Apagó la lámpara del estudio al pasar y no encendió ninguna otra. La calle, afuera, dejaba un rectángulo pálido en el suelo. Cruzó la sala en silencio. Al fondo del pasillo lo esperaba el espejo que siempre evitaba.
Y en el espejo, un tipo.
Quieto. Mirándolo de frente. Con una paciencia que no era humana.
Algo en el modo de apretar el labio le pareció familiar y lo descartó casi enseguida. Mer no lo conocía. Ni falta hizo: ya lo detestaba. Lo miró mejor: tenía un agujerito chamuscado en la camisa.
Entonces la náusea doméstica, por fin, no avisó: cumplió. Mer se dobló sobre sí mismo y el otro se dobló también, al mismo tiempo. Cuando alzó la vista, el terror ya había pasado a ser otra cosa. Peor. El asco de siempre.
Dio un paso hacia el cristal. Golpeó. El vidrio cedió con un ruido seco y le abrió los nudillos, y el tipo del otro lado sangraba igual, y no soltaba. Rodaron entre los pedazos, y en cada pedazo peleaba un tipo, decenas de ellos. Después, nada. Un silencio de vidrio. Un silencio soporífero.
Y al final, uno de los dos decidió no seguir pretendiendo. Tal vez no fue Mer.
Y para cuando dieron las 4:00, Mer no perdió ni una vez más.
Al día siguiente se llevaron sus cosas y los vidrios del pasillo, tres días después ofrecieron su piso y ahora lo alquilan otros estudiantes. El cielo de la mañana era un jardín de nenúfares en un derroche rosa. Él lo habría mirado con su pausa reflexiva y administrativa.
Las voces díscolas y también indistintas aún mortifican al barrio. La cucaracha, sin embargo, sigue ahí. Camina lenta entre lo que otros dejaron. Aún nadie la ha encontrado. El viejo del perro, eso sí, cuenta que desde entonces se cruza en la escalera con un tipo que lo mira mal. Del gato, en cambio, nunca se supo nada más. Al fondo, la luz roja titila a ritmo de pulso cansado.
En la última página del cuadernito, la única entrada con fecha:
"7 de junio. Todavía estás, garrapata. De espaldas, en la puerta, y yo sin decirte nada. Puedo por fin sentir el olor del jabón. Ese olor que era lo único capaz de devolverme a tu orbe, a tu redondez perfecta, morfina mía.
Y quien lea esto alguna vez debería saber que aún no he llegado al día siguiente."