Capítulo 1 de Mi Pareja Perfecta 4, de brity
Capítulo 1: Ángela Grant.
Dedicado a los que han seguido esta historia…
Muchas gracias.
--------------
Camino rápido hacia el hospital en donde será mi primer empleo, ¡Debo dar una buena impresión con la hora! Todos pensaban que era imposible que alguien como yo quedé ahí después de solo haber egresado formalmente el año pasado y yo es que no tuve las mejores notas; pero, me esforcé en encontrar un lugar en el hospital Edwards.
Recuerdo el año pasado en la fecha de postulaciones. Admito que sólo lo hice por intentar, apenas le conté a mi abuelo. Grande fue mi sorpresa al ser aceptada.
Entro a la habitación gigante de recepción que tiene el hospital, frente a un gran hall blanco, adornado de bellas luces, cuadros e indicaciones de diferentes pisos, pasillos y especialidades. Este lugar no escatima en espacio para la comodidad de sus pacientes y personal. Veo el gran, antiguo y lustrado mesón de roble de la recepción, su limpieza refleja la luz de los focos. Parece… ¡la jodida entrada al cielo! Hay grandes televisores colgados en las paredes con mensajes de pacientes felices con el servicio y de autoayuda, otros con noticias y programas de TV. En cada ala, hay gente que te asesora por doquier para que no pierdas el tiempo. Avanzando por la gran mampara, se deja ver una gran fuente de agua y sobre esta hay vista directa al segundo piso, con el Restaurant Edwards. Siento como si mis pupilas se agrandasen, trago saliva al ver las ofertas de habitaciones para familiares de pacientes hospitalizados, junto con paquetes de promoción por distintos procedimientos. Aparecen imágenes de antes y después de cirugía plástica, junto a suites que prometen estar a la altura. Este lugar es enorme… miro algo intimidada. Todos me dijeron que sacara mi culo de lugares como este, pero vamos ¡¡Es el mejor evaluado!! ¡Y acá los hospitales tienen malas notas! Y yo quiero que mi padre se calle la puta boca ¡Y vamos! Viendo este lugar de lujo puedo ver ese gran poderío del que se habla poseen esos ‘’Edwards’’. La última vez que puse un pie acá, encabezaba esta familia el poderosísimo y respetado Sr. George Edwards, Hijo del gran Roger Edwards el cual logró poner centros de salud en todos los continentes; y por qué no decirlo, abuelo de la famosa Christine Edwards, ‘’el dolor de cabeza de George Edwards’’. Dice mi padre. Claro, eso se refiere al famoso y complicado carácter de la anterior nombrada.
Aunque su fama no corresponde sólo a su carácter a veces hostil, ni a las montañas de dinero que gana, no. Se refiere a que es la segunda vez que hay cabeza femenina de un gigante como el clan Edwards, y no sólo eso; la primera lesbiana que adopta a su heredera. Si bien, los adoptados en familias como la mía existen, normalmente no se convierten en la cabeza de ellos y mucho menos tienen como ejemplo padres homosexuales. Lo que en este caso fue muy polémico. Recuerdo por primera vez haber visto la foto de Christine Edwards cuando pequeña, estaba cubriendo a una pequeñita que dejaba ver un conejito de peluche mientras entraba a la limusina. Nunca vi una mirada más fría, no envidié al fotógrafo que se atrevió a interrumpir el primer día de clases de su hija. Estaba con mis hermanos, con un diario que encontró Enrique en la caseta de seguridad.
Me escudo pensando en mi vocación, ganas de aprender y nulas ganas para confrontaciones.
Aunque esté haciendo algo completamente ilegal…
¡No pienses en eso!
¡Si se supiese que alguien como yo hizo méritos para estar trabajando acá! ¡Oh dios!
Eso si hablásemos de alguien común… siento que mi sangre circula más rápido debido a la emoción. Sigo caminando hasta tomar el ascensor, el que sorpresivamente tiene toda la influencia de mi abuelo en las finas terminaciones. Subo hasta el piso 8 ‘’Odontología general y especialidades’’ y ante mí se abre una pequeña habitación. Además de la cámara del pasillo puedo notar la oficina de recepción. Me acerco a una mujer de edad, vestida de traje sentada frente a una gran pantalla.
—Buenas tardes— Digo mirando la entrada del área, observo sillones en hilera frente a una pantalla enorme indicando letras y números— Necesito hablar con la Dra. Díaz, me incorporo este año.
—Buenas tardes ¡Bienvenida! — sonrío sorprendida, la señora es animada. — ¡Su identificación y especialidad!
—Odontología general— digo emocionada entregando el documento.
Ella lo toma tranquilamente. Su semblante cambia— ¡Cielo Santo! — Exclama mirándome antes de escribir el nombre. Me mira y mira el plástico, incrédula. — Así que es usted, me da una mirada confidente, la directora de área la está esperando.
— ¿Ah sí? — Digo incómoda. Me van a pillar y me van a matar. Christine me colgará de las te…
—Tranquila— Baja la voz —La está esperando. —Para mi sorpresa no anota nada y me devuelve mi documento de identidad. —Adelante Señorita Grant. —Susurra mi apellido como su fuese una grosería. —Del fondo de la habitación, hasta la izquierda, última puerta del pasillo.
—Gracias. —Camino confundida hacia la oficina.
Debe ser por el ofrecimiento que hice por ingresar. Sonrío traviesa mientras camino hacia el pasillo con las oficinas de los diferentes jefes de área hacia la que será la de mi jefecita. ¡Está bien! ¡No me aceptaron por ser lista! ¡Ni esforzada! ¡Ni bonita! Me río nerviosa silenciosamente. Escribí una carta exhibiendo mis cualidades y mis inmensas ganas de aprender en el mejor hospital de este país, con el más completo equipo y las más modernas tecnologías. Me encargué de que se le pagara a los necesarios para hacer de mi solicitud y un documento que no llame la atención. Sobre todo, en la parte del nombre, puesto que, en el ámbito familiar, sólo mi abuela, Marie Grant se dedicó a lo que yo. Después de todo, ella era mi abuela favorita y también trabajó aquí. Fue directora de área también, pero claro, ella tenía más facilidades y no tuvo que pagar, puesto que tener el apellido Edwards de soltera, es tener un cupo asegurado en este lugar.
Y desde luego, un Edwards trabaja en un hospital.
Pero a veces pasa que salen bichos raros como yo, que llevan la contraria y desde luego que no esperaba gran recibimiento. Por un momento me siento más confiada, recuerdo al idiota de mi amigo decir antes de que viniese ‘’el dinero da poder y todo lo puede. Pero un nombre, un nombre poderoso con solo nombrarse debería abrirte miles de puertas y posibilidades. Y el tuyo Ángela Grant, te da posibilidades infinitas’’. Escucho en mi mente la risotada segura e idiota con la que finalizó su frase. Sonrío ¡Pero tiene razón! tengo el maldito nombre, y desde luego tengo el dinero necesario para comprar mi lugar. Supongo que si la gran y neurótica Christine Edwards lee mi ficha estoy frita. Pero lo que ella no sabe, es que mi abuelo conoce a su directora Olivia Diaz. Compañera y vieja amiga de la Universidad de mi difunta abuela, ambas crecieron como profesionales y se especializaron en la hermosa área de la Rehabilitación Oral, la cuál es a lo que vengo. Suspiro enamorada, sintiendo maripositas en el estómago. ‘’Postgrados de excelencia con sello Edwards’’ otorgados por la mismísima cabeza de la familia, sello que me permite estudiar un doctorado con más facilidades, acceder a becas, cursos, clases y un espacio en esta gran y poderosa corporación dedicada a la salud de las personas.
Estaré aquí el tiempo que la suerte lo decida, ¡pero desde luego no podía perder esta oportunidad!
Inhalo fuerte y exhalo suavemente. Toco la puerta y la abre una encorvada viejecita, delgada, de cabello blanco y largo delantal.
—Dra. Diaz, es un verdadero honor saludarla. —Hago una reverencia sutil.
—Oh vamos, Ángela, aquí no hay nadie. Pasa querida. —Me deja pasar a su oficina. En vez de apuntar a las cómodas butacas de su mesón de trabajo. Me hace seguirla hasta unos sillones de cuero negro en lo que parece ser un cuarto de estar personal. Antes de que hable toca un botón y pasa un hombre de traje a la oficina.
—Directora Diaz. — Dice simplemente con una inclinación de cabeza delicada.
—Para mí el café de siempre. ¿Gustas beber algo? Joven Grant. ¿Un café? —Un mayordomo sorprendido y una anciana sonriente me observan con atención.
—Srta. Grant— dice él despegándose— permítame ofrecerle nuestro café más fino importado de Panamá.
—Ahora es Dra. Grant. —Dice la Directora con una sonrisita.
—Oh, desde luego Dra. Grant— hace una inclinación con una mueca de extrañeza. Un Grant generalmente no es llamado Doctor en un hospital.
—Aceptaré ese café— sonrío. Al menos me ayudará a despertar, puesto que son las ocho de la mañana. —Gracias.
—Oh, ni lo mencione. Estoy para servirle— Hace una gran reverencia y se retira. Al cerrar la puerta dispongo de la atención de mi futura jefa directa.
—Gracias por recibirme directora. — Digo de inmediato. —Estar aquí bajo su tutela significa mucho para mí —termino respetuosamente. Aunque quizá no sea muy creíble tomando en cuenta nuestras relaciones con los Edwards.
—Oh no es nada querida, fue una sorpresa para mi enterarme de que siguieras el camino de Marie, que en paz descanse. Ella querría que estuvieses acá. —Dice con un tono determinado— ¿Qué dijo tu padre?
—Pues… no le dije — Me interrumpe con una risotada. Ahora si recuerdo a la mujer que iba recurrentemente de visita a la mansión.
—Ya sabía yo. — Comenta. — Un escándalo.
— ¿No le sorprende?
—No querida, los escándalos reinan por aquí. —Dice simplemente. —De los cincuenta y seis años que llevo acá no me he aburrido jamás y se pondrá más interesante— Su mirada se vuelve cómplice y evaluadora. — Dime jovencita, ¿en qué diablos estás pensando? —Levanta ambas cejas. Ella, como miembro de una prestigiosa familia de médicos muy amiga de los Edwards, conoce bien nuestro círculo.
—Es lo que más amo hacer, todos saben que el mejor centro de salud para crecer como profesional es este. —Digo motivada— Tiene el más alto prestigio.
—Eso es verdad. — Dice mirando como se abre la puerta de la entrada. El mayordomo se acerca con una bandeja de plata, nos sirve café en dos tacitas de porcelana. Deja hacia nuestra derecha un jarrito de leche fría y otro con leche caliente, pequeños pocillos con diversas especias y un platillo con bocadillos dulces. Sirve el café y se retira rápidamente después de hacer una sutil reverencia.
—Es cierto que tienes lo necesario para estar acá, he incluso para pasar desapercibida un tiempo; pero…— baja la voz— ¿Qué pasa con Christine Edwards? Ángela— dice sirviéndose, revuelve brevemente el líquido caliente de su taza. —No tiene buenas relaciones con tu familia, eso no es secreto para nadie ya.
—No lo es— Digo insegura. —Pero ya pensaré en algo, sólo permítame mostrar mi valía.
—Eso no es necesario. —Se exalta incrédula. — Eres una Grant. —Sentencia y prosigue. —Tu abuelo ya se comunicó conmigo y me contó sobre tus planes, pero debes saber, que ellos se encargan de la burocracia simplemente, el papeleo. Pero, si Christine da una orden, tal vez esos papeles sólo te defiendan legalmente y seamos sinceros, ella tiene la última palabra en cuanto a este hospital… y todos los de esa familia, ¡por Dios santo! —Exclama. — Debes saber que un Edwards aprueba siempre los currículos de los profesionales, o al menos, los dejan a alguien de suma confianza. Ellos se encargan personalmente de saber quién diablos trabaja acá. Podría decirse que es uno de sus sellos involucrarse en eso.
Es verdad, papá solo influyó en la elección de requisitos de nuestros empleados, pero bien poco le importa quienes son mientras hagan lo que deben hacer.
—Estoy frita— gruño olvidando mis supuestos modales. Debí saber que con comprar a quienes hacen la admisión de nuevos trabajadores no sería suficiente. —Dudo que Christine Edwards tenga un precio.
—Oh, ella no. Pero no olvides de donde provienes jovencita.
—Es precisamente por lo que tengo todos estos problemas. —Mascullo.
—Es lo que te hizo un lugar en esta empresa— Dice poniéndose trabajosamente de pie, toma una carpeta de su mesón y me lo entrega. —Son de parte del Sr. George Edwards, él tuvo la gentileza de leer tu solicitud de empleo y aceptarte. Tu abuelo hizo los llamados, joven Grant, pero me dijo que te recuerde que debes ser prudente y no tentar al diablo.
— ¿Con el diablo se refiere a Christine Edwards?
—Exacto. Te recomiendo hacer los años mínimos que piden, antes de gritar que eres lo que eres. —Bromea sentándose y profiriendo un ruido de satisfacción. De todas formas, tu contrato está firmado— apunta a la hoja— por el gran Sr. Edwards padre, que aún se pasea de vez en cuando por aquí en traumatología, así que a patadas no pueden sacarte.
¿Con patadas se refiere a Christine Edwards?
Leo el contrato rápidamente y firmo. Dios sabe que me conviene. ¡Viejo mío te debo esta! Imploro mentalmente con gratitud a mi abuelo.
Ella lo toma.
—Por cierto, él dice que grupo Edwards y asociados no se harán responsables por cualquier daño psicológico que pudiesen causarte.
¿Con daño psicológico se refiere a Christine Edwards?
—Aunque tenemos un muy buen cuerpo de psicología. —Dice revisando las hojas mientras firmo. —Recuerda solo ser prudente. Acá no hay rebeldías.
—Lo haré.
—Te recomiendo usar un proveedor distinto de delantales clínicos al común de este hospital. Lo mismo con el traje.
—Lo haré.
—Imagino que te encargaste de todo lo demás. —Se perfectamente que se refiere a mi soborno en recursos humanos, psicología laboral, a los analistas que registraban los nombres en la base de datos y a los que tenían respaldos físicos de los documentos.
—Lo hice.
—Muy bien— se pone de pie y abre un cajón de su escritorio. Guarda cuidadosamente la carpeta. —Ángela.
—Dígame Sra. Olivia. —No es como si fuese una desconocida, antes iba seguido a ver a mi abuela favorita.
—Estás en el mismo piso que Martina Edwards, ten cuidado con ella.
— ¿Es peligrosa? —Pregunto recordando lo poco que sé de ella. Mi padre nos contó que es adoptada y que se parece mucho a su madre Christine. Debe imitarla simplemente, si es adoptada no creo que se parezca realmente.
Vuelve la mirada de complicidad a mi nueva jefa.
—Es una Edward. —Sentencia. —Y la mano derecha de Christine.
—Entendido. —Aclaro.
—Se encargará de que cumplas con tu trabajo y si haces lo que debes. Estará en el mismo piso que tú.
—No la decepcionaré. —Prometo. Usualmente no me interesan los juramentos y estupideces de honor, pero esta es una oportunidad única en la vida y no la pienso tirar a la basura.
Salgo de la oficina bastante conforme, Olivia es amiga de la familia así que debería tener la mitad del trabajo asegurado. Lo otro depende de mí y juro que haré lo posible para que mi sueño se cumpla.
Salgo del hospital mirando para todos lados con el rabillo del ojo, no sería genial que mi primer día de trabajo se opaque con esas Edwards, así como hablan de ellas solo las quiero tener lejos. Subo a mi motocicleta y me dirijo a la mansión de mi familia. Tengo que agradecer a mi abuelo y al Sr. Edwards.
Conduzco por la zona oeste de la ciudad, las casas comienzan a verse más escasas y lujosas, al final del recorrido encuentro el portón gigante de nuestra Mansión. La mansión Grant, se caracteriza por estar escondida a los pies del cerro F. Grant. Uno de nuestros antepasados que se ocupó de que estemos lo más apartado posible del resto. Siempre nos hemos caracterizado por ser conservadores, de creencias absolutamente cristianas (hasta la hora de negociar y hasta mi nacimiento). De seguir férreamente las tradiciones familiares y por nuestro gran orgullo al llevarlas a cabo.
No es que no tengamos otras residencias ni mucho menos, tenemos unas tan grandes como esta. Pero esta es nuestra fortaleza y como dice nuestro padre, la mansión más bella de todas. En donde siempre la cabeza será un varón primogénito apellidado Grant.
Es por eso por lo que, mi hermano mayor, Enrique Grant Jr. III, será el nuevo jefe de hogar y grupo Grant cuando mi padre así lo desee.
Lo que mi padre nunca deseó, fue que yo heredé una importante suma de dinero y el negocio materno, cuando mi madre murió. Como decisión personal, me dejó en su testamento, frente a mi confuso hermano, parte del dominio de una gran fortuna. Desde luego, en ese momento no lo entendí, pero fue ella la primera persona con la que ‘’salí del closet’’ a los quince años.
Antes no lo entendía, pero ahora pienso que sólo quería protegerme. Después de todo, somos una familia muy tradicional, y alguien como yo, es posible que sólo haya optado por obedecer a su hermano.
—A ese imbécil—bromeo murmurando bajo el casco cuando llego al garaje de motocicletas. Dejo a mi lujoso bebé, me quito el equipo y paso por todos los autos antes de llegar a unas escalinatas que me conducen a la entrada del ala este de la mansión.
Había sugerido el uso de ascensores, pero la indignación de papá y el abuelo me dejó en claro que nuestro antiguo y renombrado hogar conservará los detalles fieles con los que fue delicadamente confeccionado y construido.
Paso por las cocinas.
—Buenas tardes. —Saludo a nuestra jefa de cocina.
—Señorita Grant. —Saluda mirándome de arriba a abajo. —Su guardaespaldas espera en su cuarto. —Dice con reprobación. No puede concebir que una mujer joven esté en la misma habitación que un hombre a solas, pero a ese hombre lo conoce. Así que solo deja muestra de su desaprobación con sus expresiones faciales. De todas formas, sabe quién es y a papá no le interesa.
Mejor para él que pasara algo de hecho.
…
—Omar. —Digo quedamente después de llegar a la habitación apartada del pasillo del tercer piso. Cierro mi puerta viéndolo fumar su cigarrillo acostado en mi cama.
—Señorita Grant, buenas tardes. —Dice formal. Lo que se contradice con el cigarro encendido, sus calcetas con agujeros y la remera de tipo musculosa.
— ¡Vago de mierda! — bromeo. — ¡QUEDÉ! — No me aguanto. — ¡QUEDÉ! ¡¿puedes creerlo?! —Salto feliz a la cama a su lado.
— ¡No! — Se sorprende.
— ¡Puto! ¡no me tenías fe! —Le doy un puñetazo. ¡Y tanto ánimo que me dio! Su brazo tiene la dureza de un neumático de auto así que no me mido.
—Claro que sí. —Dice adolorido. — ¿Y cómo diablos le hiciste?
…
—Oh mírame, ¡Christine Edwards me besó el trasero! —Bromeo escuchando su risa estridente. —En realidad fue gracias al abuelo.
—Y al soborno— me da otro puñetazo en el brazo sin miramientos.
—Oye, soy una chica. —Me espanto.
— ¡Pero eres mi carnal!
—Saca los licores carnal—Le digo— ¡hoy celebramos! —Son las diez de la mañana, ¡pero que importa! ¡es una ocasión especial! —Me levanto rápido y voy a la puerta de mi cuarto.
— ¡Genial!
—Voy a ver a mi abuelo— le digo cuando destapa una y me la entrega. Me la llevo porque sé que cuando llegue a esa área de la casa ya no quedará.
—Te espero. —Dice volviendo a recostarse en mi cama.
Jodido Omar. No era más que un mocoso ladronzuelo y ahora dice ser mi guardaespaldas. Aunque más bien es mi cofre de los secretos, más malos que buenos. Pero nos tenemos mutuamente desde muy jóvenes.
Camino por el pasillo, hasta el dormitorio de mi hermana que es el último del pasillo, bajo por las escaleras hasta el vestíbulo y de ahí, por el comedor, tomo la puerta que me envía a una escalera de caracol, un sitio muy raro que apenas se nota en la estructura externa. Lleva a un ala inferior de la casa con salida al jardín, el abuelo adora las plantas y ama leer y fumar su pipa acompañado de diversas plantas, flores exóticas, arbustos y, árboles frutales. Boto la botella de cerveza antes de bajar y camino por las escaleras hasta el cuarto privado de mi abuelo, lo curioso de su cuarto privado, es que lo hizo para él sin dañar la fachada de la mansión. Aun así, dicen que mi bisabuelo casi lo desconoce por construir una escalera de caracol cerca de un comedor.
Muevo la reja con el candado abierto y entro a su oficina, veo su viejo y brillante escr
…