Capítulo 2 de Mi Pareja Perfecta 4, de brity

Supervisión

¡Estoy nerviosísima! ¡Dormí mal! Me peino recordando el domingo de resurrección que tuve por estar el fin de semana de fiesta. ‘’ ¡Ya no tienes diecisiete años!’’ Me reprendo, sabía que demoraría más en reponerme.

Me arreglo y me lamento no tener un traje clínico aún, lo bueno es que me permiten llevar el delantal. Fui a un lugar especial a tomarme las medidas y dijeron que me lo enviarían en la mañana al hospital, se supone que llegará un empleado del lugar a dejármelo.

Subo a mi motocicleta y me pongo el casco antes de que mi ondulado pelo castaño se vaya al carajo. Al llegar, encuentro a un hombre de traje y aspecto estirado esperándome.

—Srta. Grant. —Reverencia.

— Hola, la misma. ¿Ya está? —pregunto mirando a todos lados como si ese delantal trajese drogas.

— Si— lo extiende, observo la blanca tela y el logo del hospital ¡Hermoso! — mañana llegará su traje. Estamos trabajando para entregar la mejor calidad y satisfac…

— ¡NO! —me espanto al ver el nombre.

Dice: ‘’Angélica Grant’’

— ¿¡Grant!? ¿¡GRANT!? —Me espanto.

—Si… porque ese es su apellido —Dice confundido.

— ¡Pedí expresamente y recordé tres veces que diga ‘’Angélica García’’! —Me indigno.

—Oh, iré de inmediato a corregirlo. Lo traigo más tarde. —Lo devuelve a la funda—Mis disculpas.

—No… sin uniforme estoy frita y si sigo aquí llegaré tarde. Me llevaré este— lo tomo— Pero quisiera otro con las mismas medidas y el otro nombre ¿Puedes hacerlo? —Susurro dejando unos billetes en su bolsillo del pecho. —Me mira paralizado, luego puedo ver ese brillo en sus ojos. —Necesito un trabajo rápido y confidencial —Digo suavemente.

—Si. —Responde largándose de allí.

—Excelente— gruño viendo el principio del fin en ese pedazo de tela que dice ‘’Grant’’.

‘’Dios mío’’ pienso.

Entro veloz y voy al octavo piso, la secretaria del otro día se atora con el café.

—Buenos días— saludo.

—Señorita Gra… —Me adelanto y tapo su boca mirando a todos lados.

—Por favor… García— digo soltándola rápidamente. —Disculpe, de esto depende mi permanencia.

— ¿Sabe que eso no durará para siempre verdad? —Levanta una ceja.

—Si, pero la idea es que duré más que un día.

—Bien, bien, señorita García. —Sonríe.

— ¡Eres un sol! —me voy rápido.

Llego a los camarines, e inteligentemente tomo un plumón de mi mochila y borro todo luego de la ‘’G’’.

— ¿Qué diablos haces chiquilla? — Escucho una voz masculina.

—Chiquilla tu abuela. —Se me escapa.

Un joven de cabello oscuro bien ataviado me mira incrédulo por mi insolencia, veo su nombre sobre el logo ‘’Cristóbal Myers’’

—Myers —Frunzo el ceño— ¿eres familiar de Charles Myers?

No me gustan esos Myers, sobre todo su padre, el alcalde Charles Myers. No es más que un adulador sediento de dinero, ya sea del estado, o de familias como la mía. Según papá, es prácticamente un títere, aunque no faltan a los clubes de campo y actúan peor que nosotros.

—Soy su hijo menor. —Dice levantando el mentón.

—Ah pues, felicidades. —Bromeo. —Soy Ange…lica García —Levanta una ceja.

— ¿Y por qué tapas tu apellido? No me extraña de una García— dice burlón. —No te ves como ellos.

—Bueno ¿eres dentista o el puto FBI?

—Y muy vulgar. —Me da una última mirada. —Mucho cuidado con quien te metes.

—Y por dónde lo metes— bromeo para que rime.

Pone cara de asco y se va.

Me río en silencio y me coloco el delantal, si no fuese por el detalle horrendo del plumón sobre mi seno izquierdo diría que es la mejor tenida que me he puesto en mi vida. Me miro en un espejo al fondo, hoy me molesté en usar pantalones de tela y zapatos de tacón bajo.

—Yo me invito a salir —bromeo tirándome un beso.

Unas chicas más al fondo se ríen, me ruborizo. Salgo de los casilleros y veo que una silenciosa directora Diaz me hace muecas.

—Dra. Diaz —Digo mirando a los lados con cautela.

—Hoy te designarán un box. —Me informa. Pero me temo que la instrucción la da Christine Edwards, mantente en las sombras.

Siento cosquillas en el estómago, trago saliva.

—Muy bien.

—Tranquila, tienes el encanto de los Grant, por el pasillo al fondo. — Me da una palmadita cariñosa y se va.

¡¿Qué encanto es ese?! ¡Somos más secos que una torta de milhojas!

‘’ ¡Yo puedo!’’ Me digo y camino por un pasillo frente a la oficina de la directora, se ven unas cuantas personas agrupadas, incluyendo el joven Myers, ¿así que este es su primer día también? ¡Que cabrón!

Me acerco rogando porque mi presencia se note lo menos posible, afortunadamente sólo me dan una mirada cuando nos damos débilmente los buenos días.

Observo al grupo, hay una señora de unos cuarenta años, dos chicas pelinegras de mi edad, el cabrón Myers y un jovencito de pelo castaño con cara de que no reprobó ningún ramo. Cuando se abre una puerta, la veo salir y la sangre se me congela. Ahora entiendo todo, Christine Edwards no es más alta que yo. Pero claramente no lo necesita con esa presencia, detrás de esos lentes cuadrados hay una mirada fría y evaluadora adornando sus delicadas facciones, diría que solo con mirarme sabe si me estoy meando los cazones o no.

La observo curiosa mientras se acerca dando pasos que resuenan en el silencioso pasillo.

—Buenos días. —Dice secamente recibiendo el tímido saludo de todos.

Ah, pero ahora Cristóbal Myers no es tan cabrón verdad ¿eh? ¿eh? Molestarlo hace que se me bajen los nervios. Controlo mi respiración ¡si no me va a pillar!

Abre una puerta, nos hace pasar. Dentro del cuarto, hay unos sofás en hilera. Huele bien, entramos tras ella y nos sentamos mientras sigue de pie.

—Mi nombre, como seguro ya lo saben— me da una mirada de reprobación cuando nos sentamos— es Christine Edwards y soy la directora gerente en este hospital. Ustedes fueron los afortunados de una larga lista de admisión para trabajar en este prestigioso centro. Espero mucho de ustedes y me imagino que aspiran a una recomendación para seguir estudiando bajo nuestra tutela. —Nos observa a todos y termina conmigo. — Pues bien, sólo la tendrán tres. — Toma una pausa mientras nos miramos de reojo. — Imagino que ya les explicaron que, en su contrato, trabajarán unos meses antes de ser indefinidos. —Asienten. —Esto es para conocerlos mejor simplemente. —Le resta importancia— No tengo duda de que son serios, profesionales, educados y empáticos (…)

Me gustaría ver empatía en su mirada, trago saliva.

— (…) en caso de que no den la talla los echo. —Dice como si nada. Yo no sé si reír o no, es el cambio de expresión de mis labios lo que llama su atención.

—Tú. —Gruñe. — ¿Cómo te llamas y que diablos le pasó a tu delantal?

‘’ ¡Ahí te voy San Pedro!’’ Trago saliva y noto la mirada de burla de un pelinegro sentado hacia la derecha. Inhalo y digo:

—Soy Angélica García, Dra. Edwards, se equivocaron con mi apellido.

—Bonito arreglo. —Comenta. Escucho una risita, Christine observa al jodido Myers y este se calla de inmediato. — ¿García dices? —Pregunta incrédula mirando mi rostro. Asiento —Sin ofender, no te pareces.

¡No entiendo que le sorprende! los García son mayoritariamente varones, de mediana estatura, morenos y desde luego no se dedican a esto. ¡Ah! y la única hija de la familia se llama Eloisa y tiene 15 años.

¡Estoy jodida!

—Soy prima de la familia. —Digo. —Ellos son mis primos en segundo grado.

—Oh. —Dice como haciendo memoria. Al parecer lo deja pasar porque no insiste en ello. —Mañana debe estar ese delantal impecable Dra. García.

—Lo estará, mis disculpas. —Ella asiente.

—Les designaré un box a cada uno. Recuerden que este piso es sólo para ustedes, sólo cirugía maxilofacial está en el primer piso. Al lado derecho de los casilleros está el vestidor de damas, izquierdo para varones. Está es la sala de reuniones y también tienen una sala de descanso acá y en otra que es de todo el personal que es donde está el casino. Podrán observar que incluso tiene juegos, televisión, bocadillos y todas esas cosas que pidió la Dra. Edwards Jr. —Blanquea los ojos.

No sé por qué, pero me parece adorable… porque me conviene.

Nos hace salir del pasillo a recepción, las salas de espera y una gran mampara hacia la izquierda. Entramos y aparece una habitación amplia con diversos cuartos, se ven bastante privados, aunque las paredes que los dividen son algo delgadas. Supongo que escucharé la turbina de mis colegas todo el día.

Toma su lista y hace pasar primero a la mujer, luego a los chicos y al final las otras dos chicas. Abre la última puerta y sonríe burlona.

—Te toca hija del lechero.

Me río tímidamente y entro.

— ¿No me estabas jodiendo con eso de García verdad? —Me hace gracia su vocabulario.

—No entiendo a qué se refiere.

—Pues pareces… —Me mira curiosa. Deben ser mis ojos grises o el pelo castaño lo que no la convencen. Al parecer me salvó mi cabello ondulado heredado de mi madre lo que me da el pase.

—No nada. Adelante Dra.

—Gracias. —Entro maravillada observando la pulcra habitación, el impecable sillón dental, un mesón largo con distintas áreas de trabajo y lavamanos. Un perchero y un escritorio con una gran pantalla. Frente a él dos sillas.

—Wow —Digo asombrada.

—Así me gusta— Dice creída—Me voy con mis cadáveres. — Dice sin más retirándose.

Está mujer definitivamente es un caso.

Trabajar aquí es más fácil que la presentación, no me doy ni cuenta cuando ya es hora de comer. En mi universidad la carrera dura seis años, y desde cuarto atendíamos pacientes bajo la supervisión de un Doctor especializado en el área que nos tocase. Ahora estoy sola, pero me siento preparada, además; tengo buena relación con los pacientes. A veces, podemos ser atemorizantes, pero mi intención es que no salgan más traumados de lo que muchos ya están.

Aunque hay de todo por supuesto. Estoy segura de que el dinero me dio mucha ventaja a la hora de tener pacientes que querían abandonar el tratamiento, suerte que no tuvieron muchos desertores hartos de reprobar por clínica.

Bajo al primer piso, no me preocupa comer sola. Aunque para mi sorpresa me saludan las dos chicas pelinegras y la señora mientras bajamos la escalera. Me presento y para mi sorpresa el casino es muy aceptable, tomando en cuenta el miedo que Omar me metía cuando decía que debía elegir entre dos menús asquerosos en sus habituales trabajos.

Pero este es el hospital Edwards y de a poco voy entendiendo todo. Hago una corta fila en donde me dan comida estilo buffet, y luego me siento con mis colegas. Emma, María Trinidad y Josefa se sientan conmigo. Emma nos deja en claro que es separada y que la tuteemos.

Debo decir que me siento muy feliz hoy, es un grupo agradable.

—Damas. — Saluda Cristóbal y el otro joven peli castaño de nombre Alfonso.

— Que tal— Saludo. Nos miramos desafiantes con el pelinegro.

—Vamos chicos— bromea él— ¡Somos colegas! — Dice emocionado.

— ¿Saliste el año pasado? —Asiente, las demás sonríen emocionadas, y no me extraña. —Me parece que todos— ríen.

—Nunca es tarde. — Dice Emma— postergué estudiar, pero siempre había sido mi sueño.

—Felicidades Emma— Digo probando la comida que elegí ¡Está bueno! — ¿Qué tal el primer día?

Empezamos a conversar, y se pasa la colación. Al terminar la jornada me devuelvo a la casa y bajo por el comedor al cuarto de mi abuelo para besar su calva y contarle mi día casi dando saltitos como una cría.

Pasan así los días, no vuelvo a ver a Christine. Afortunadamente el segundo delantal llegó con el nombre falso y el Sr. Edwards solo me llamó una mañana para decirme que él maneja el papeleo que corresponde a mi contrato y asistencias, por lo tanto, Ángela Grant si trabaja para este hospital, es sólo que, en sus palabras; ‘’no hace falta que medio mundo lo sepa’’.

Tal vez refiriéndose a su hija de reojo en el cuadro de al lado. Como todos sabemos, en su tiempo afectó intencionalmente negocios entre nuestras familias, llevando una relación de rivalidad y sumo desprecio con mi padre. Él que por supuesto, no se quedó atrás, e incluso, casi, llevaron su guerra de egos a la televisión. Haciendo participes a todos de la ‘’pelea de magnates’’, que ellos llamaban; quitándose contactos, emitiendo declaraciones y quitando y sumando fondos que los perjudiquen por aquí y allá.

De forma sorpresiva, luego de un tiempo, curiosamente en la fecha que robamos el diario con mis hermanos de la caseta de seguridad, dejó de aparecer y eventualmente mi padre también.

Entro el lunes, saludo a la recepcionista, a mis colegas que encuentro en los casilleros. Voy a mi box a trabajar y veo en el computador una hora llamada ‘’supervisión’’, casi antes de salir.

Hora de almuerzo.

— ¡¿Ya les tocó supervisión?! —Llega María Trinidad algo emocionada.

—Siii. —Dicen todos excepto Alfonso y yo.

— ¡Oh por Dios! ¡que nervios tuve! — Dice Emma

— Recordé las pruebas clínicas— Bromea Josefa— Y las de odontopediatría juntas.

— ¿Tan así? — ¡Protégeme Santa Apolonia!

—Nah — Dice Cristóbal dándose importancia— La chica es algo estricta y no sabes si te está evaluando bien o mal, ya sabes la cara de póker — Bromea— pero luego dice gracias y se larga.

—Pero su frialdad. — Josefa hace como que se da calor sobándose los brazos...

¡Oh no! ¡y yo que me estaba adaptando como nunca! Miro con los ojos como platos a Alfonso, que me devuelve la mirada de la misma forma.

—Tranquilos chicos— Emma nos soba la espalda quedamente ¡ella es tan dulce! — no es nada que no sepan hacer.

—Dicen que hace picadillo al último. —Molesta el pesado del Myers.

—Bueno, imposible no debe ser. —Me doy esperanza.

— ¿Eres tú? Mientras no hables como sueles hablar, te irá bien— me molesta.

—Vete a la mierda — digo. Alfonso se ríe, al menos a él le sirve nuestra relación para relajarse.

Vuelvo al trabajo, mientras termino la nota de evolución de mi penúltima paciente se abre la puerta de mi box.

—Buenas tardes. —Dice una voz femenina secamente con tono atareado, levanto la cabeza por un segundo antes de finalizar la nota.

— Buenas taa... —Devuelvo la mirada rápidamente. — …rdes. —Termino en un hilo de voz tan bajo que no sé si lo escuchó.

Grande es mi sorpresa al ver frente a mí a una joven menuda y algo más bajita que la Dra. Christine, vestida con un traje clínico negro de dos piezas; su cabello, castaño oscuro recogido en un peinado tipo tomate, pulcramente no deja ningún pelito al aire. Su piel es pálida y sus ojos almendrados, dejan ver unos grandes iris color café.

Me mira levantando una ceja y me doy cuenta de que me quedé pegada mirándola, es que es increíble, físicamente no se parece a Christine Edwards, pero no sé cómo diablos supe de inmediato que es su hija, ¡si ni siquiera su libreta de anotaciones fue lo primero que miré!

— Nombre. — Dice.

— Ángela… — Susurro. ¡Carajos! ¡Bajé la guardia!

— ¿Cómo? tengo prisa. —Dice mirando el techo y luego a mí.

—Angélica García. —Digo.

Levanta la mirada y estudia mi rostro, resopla y escribe.

—No te pareces— dice.

Me quedo callada, al parecer lo considera un insulto porque me queda mirando fijamente como rememorando algo y creo que trago saliva. ‘’ ¡Mamá!’’ grita mi cerebro.

—Conozco a los García —Comenta. — ¿De dónde saliste? —Me mira como una supuesta suplantadora.

‘’ Papá ¿tú me escuchas?’’ Ruega a punto de salir por mi oreja.

—A mi padre le gustaban las mormonas. — Digo estúpidamente. ¡No se me ocurrió otra cosa! — Ya sabes, siempre hay una morena y una rub…

—Pero tú eres castaña. —Frunce el ceño y me mira directamente a los ojos sin la menor muestra de compasión.

—No es mi culpa— Digo un poco enojada ¡qué pesada! ¡Ella tampoco se parece a su mamá! Si le digo que soy adoptada en broma quizá me ponga un ojo morado.

¡No! ¡Tu trabajo Ángela!

— ¿Puedo llamar a mi paciente? — digo abandonando mi supuesto miedo, no voy a dejar que esta pitufa me joda la evaluación.

—Adelante— Se hace a un lado. La veo tomar apuntes de varias cosas, del área limpia y sucia, mi bandeja con instrumental y mi escritorio.

—Para la próxima, abre el paquete de la bandeja estéril frente al paciente.

—Pero si…

—Hazlo. —Dice con tono de ‘’tengo todo el día evaluando imbéciles, no me jodas’’.

—Ok. —Digo saliendo un poco molesta.

Llamo a mi paciente, es un jovencito de unos dieciocho, se ve que sufre bastante. Le doy la mano y lo hago pasar.

—Buenas tardes. Soy Martina Edwards y estoy aquí para evaluar el desempeño de nuestro personal, siéntete cómodo— Dice con un tono de voz monótono, el joven asiente no muy seguro de que más decir.

Creo que no me gustaría que me atienda esta mujer.

Le hago unas preguntas para completar la historia clínica. Me paro de mi escritorio, me lavo las manos, me coloco la mascarilla mientras acomodo el sillón presionando el pedal de mando con el pie y finalmente los guantes. Le hago un rápido examen extraoral y luego al pedir que abra su boca, veo la razón de su dolor, es una caries tan extensa que ya destruyó parte del diente. Le hago un par de preguntas.

Para confirmar mi hipótesis diagnóstica le doy un papel con la orden radiográfica y lo acompaño a la salida, le indico el lugar donde está radiología y le digo que lo esperaré en el box. En unos minutos la radiografía se puede ver en pantalla.

Siento a la Dra. Edwards caminar hacia mi escritorio y mira la radiografía.

—Diagnóstico. —Pregunta secamente.

¿Qué? ¡No soy estudiante! Se supone que si nos aceptaron de una larga lista de postulantes es porque sabemos ‘’algo’’.

—Pulpitis irreversible sintomática. —Gruño. —Ya ves la caries dentinaria profunda. —Señalo la radio lucidez de la radiografía, soy una niña buena.

— ¿Por qué le duele? — Dice escribiendo sin parar.

No sé qué pensar de todo esto. Inhalo profundo.

—Porque como claramente puede ver y pudo inferir antes, la pulpa está vital, o sea, ese diente está vivo aún— Le digo pesadamente— pero debido al daño que produjo esa caries, esta pulpa se inflamó y no tiene como liberar esa presión intracameral, ni recuperarse por sí misma. Por tanto, presiona el nervio y le duele como un diablo.

Sus delgados labios forman una línea recta. Se mantiene en silencio y continúa en lo suyo. Mientras atiendo ella está en una esquina penando, y anotando cosas de vez en cuando.

Luego de un rato que se hace más largo de lo normal, mira la hora y se detiene.

—Ok. Ya he visto suficiente; pero, ‘’como un diablo’’ no es la forma en la que se debería expresar una profesional que se desempeña en este prestigioso hospital. —Dice tajante.

Ah, pero que agradable sujeta.

—No volverá a ocurrir. —Digo quedamente.

—Claro que no. —Responde dándome una mirada antes de retirarse.

[…]

— ¡Por suerte me dejó! — exclamo mientras cuento mi semana recostada en el sofá. Por ahora con quién será guarda espaldas—amigo—psicólogo—terapeuta.

—No te culpes, es bien pesada la tipa. —Dice Omar.

—Creo que estaba muy atareada de responsabilidades, ahora me tendrá en la mira.

—Sabes hacer tu trabajo, con eso basta. No tienes que caerle bien, solo cuida tu lengua.

— ¡Lo haré! ¡Malditas juntas! —exclamo

— ¡Oye! —Replica dolido— ¡Me importa una mierda! —Se cruza de brazos.

Para mi suerte no vuelvo a verla el resto de esa semana. El fin de semana me fui de fiesta con Omar, y el lunes, vuelvo a entrar al trabajo retándome por nuevamente no tener piedad de mi futura resaca. ¡Pero es que el lunes pasado fue muy estresante!

Entro al hospital un poco justa con el tiempo y se me acerca una señora con una alcancía.

— ¡Hola! —Dice animada. Tiene un rostro amable —Somos una ONG destinada a recaudar fondos para los niños en situación de discapacidad— ¿Te interesa colaborar o apadrinar a uno? Tenemos página web…— Continúa.

—Hola, este… no tengo efectivo, ¡lo siento! —Digo caminando rápido, toco mis bolsillos y recuerdo que guardé algo por si acaso. —Espera si tengo —me devuelvo y le entrego unos billetes, me mira asombrada. —Disculpa, no tengo tiempo para doblarlos y colocarlos en la alc

…