Capítulo 2 de Entre Favores, Copas y Verdades Peligrosas..., de Mixcoac
Prólogo: Reader Female.
Prólogo: Versión femenina [Nombre]
Las calles ya no se consideraban seguras. Los canales de noticias repetían informes sobre asesinatos, desapariciones y crímenes en aumento, advirtiendo del peligro de salir a ciertas horas, especialmente en las regiones más vulnerables. Prometían que los oficiales tomarían medidas ante la preocupante caída en la población activa de esas zonas.
La ciudad había cambiado, y las personas también. Sus rostros, sus códigos, incluso su forma de comunicarse se habían endurecido, porque en aquel nuevo orden, limitarse a sobrevivir se sentía como una lenta derrota.
Pero todo era mentira.
Los agentes tenían poco o ningún control sobre lo que sucedía más allá de los límites oficiales. La mayoría de los comercios, desde puestos pequeños hasta sedes corporativas, abandonaron el área. Los que permanecieron fueron unos cuantos Voros, aferrados a sus negocios y oficios, ya fuera por necesidad o porque no tenían otro lugar al que ir.
Su aspecto se confundía con el deterioro de la ciudad: piel con brillos húmedos como el pavimento tras la lluvia, zonas endurecidas que recordaban al óxido de las barandas, extremidades que rompían la simetría humana y zonas más claras en la tez, como si ocultaran algo. Rasgos que incomodaban, pero que se mezclaban con el paisaje roto, volviéndolos imposibles de ignorar. Y pese a esa apariencia, seguían allí: atendiendo clientes, levantando puestos en los mercados, abriendo locales y oficinas, sosteniendo una rutina en medio del abandono.
No importaba cuánto se esforzaran en adaptarse: en muchos distritos las miradas seguían siendo esquivas y las palabras, cortantes. La tasa de desapariciones entre Voros e inmigrantes humanos seguía intacta. Algunos eran hallados degollados en callejones corroídos por la humedad y el polvo eléctrico; otros simplemente se desvanecían, borrados del mapa sin dejar rastro. Nada de eso había cambiado.
Aunque existían oficiales honestos y dedicados, la corrupción en las instituciones seguía siendo una amenaza constante. Incluso dentro del sistema, había que cuidarse de quienes portaban una placa con sonrisa pulida y manos manchadas. La ley era una red llena de agujeros.
Los noticieros no mentían del todo: la gente desaparecía. Voros, humanos, daba igual.
Sobrevivir no basta.
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— — — — — Años después — — — — —
El tiempo había pasado, los niños habían crecido, y los años se habían convertido en recuerdos lejanos del pasado.
En todo el mundo existían distintos tipos de personas, pero hoy solo mencionaré tres:Las que se esfuerzan y cumplen cada meta que se proponen en la vida con éxito.Las que no lo logran a la primera, pero lo intentan de nuevo, aun si siguen fallando... y se esfuerzan.
Y las que, pese a fallar, se rehúsan a rendirse.
Te describiría como una de esas personas que se dejan llevar por la corriente, incluso frente a la amenaza de ahogarse. Aunque tropieces con las piedras del camino, seguirás flotando, manteniendo el aire en tus pulmones. Diría que eres una persona sencilla...
Estabas metiendo las últimas prendas en un par de maletines enormes. La ceremonia de ascenso de Miles era en tres días, la excusa perfecta para una visita familiar. Él, que se había mudado a otra ciudad con apenas quince años, siempre se preocupaba demasiado, así que era mejor presentarlo como unas vacaciones y no mencionar que los caminos eran peligrosos.
Saltaste de la cama hacia el equipaje y lo cerraste por fin. Había sido agotador empacar todas sus bermudas y zapatos, dejando el armario casi vacío. El peso dificultaba levantar las maletas.
Las arrastraste hasta el portaequipaje trasero de la camioneta de tus padres.
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La ciudad era grande, enorme. Las luces subían por los edificios como si quisieran tocar otro cielo, uno hecho de neón y ventanas encendidas. Pero llegar allí no fue cosa fácil.
Hubo días de papeleo, pasaportes, sellos que no cuadraban y colas infinitas en oficinas con olor a café viejo. Todo para evitar problemas en el camino.
Después vino el viaje.
Muchas horas en una camioneta que cada vez se sentía más apretada. El calor pegaba fuerte, el sudor no daba tregua, y el cansancio empezaba a pesar. Se turnaban para manejar, para dormir un rato como se pudiera, y para calmar los nervios.
—Papá, ese es el lugar —dijiste, señalando con el dedo índice un edificio pequeño, algo desgastado, pero acogedor en su arquitectura. Ahí te hospedarías durante la pasantía.
Tus padres observaron en silencio. Con el ceño fruncido, como si el concreto y los grafitis fueran una afrenta personal. Sus ojos lo recorrían como quien examina un lugar inapropiado, una zona que, según sus estándares, no garantizaba seguridad ni respeto. Como si todo lo ajeno a su mundo tuviera que ser etiquetado, juzgado y descartado.
—De ninguna manera. Te quedarás con nosotros estos días.
—Pero mamá...
—Hazle caso a tu madre, [Nombre].
El vehículo siguió su marcha, ignorando el edificio como si fuese invisible. Aquel espacio que para ti significaba independencia, para ellos era apenas un error en la ruta.
Después de una parada breve en la comisaría, donde tu padre se bajó como si reafirmar su autoridad fuera parte del itinerario, continuaron hacia otro destino más "apropiado".
Al tocar tres veces la puerta de una casa elegante y perfectamente alineada con sus expectativas, fueron recibidos con una cálida bienvenida. La sorpresa en su rostro fue clara...
—Ve a ayudar a [Nombre], que está sufriendo con el peso de todas esas maletas...
Miles se apresuró a ayudarte. Mientras tanto, tus padres se acomodaban en la casa, riéndose por la exagerada expresión de quienes cargaban las maletas: tú maldecías mentalmente mientras golpeabas el portaequipaje, y él apareció en franelilla y shorts cortos para echarte una mano.
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Alistando los preparativos para la fiesta de mañana, te quedaste pensando en cómo vestirías para la ceremonia. Un día tan importante no merecía repetir el mismo conjunto de ropa ni los zapatos que usaste en tu primera graduación; hubiera sido poco apropiado y algo repetitivo.
Saliste de compras junto a tu madre, buscando nuevos conjuntos de vestimenta y calzado.
Planeabas donar las prendas antiguas. Sin embargo, en lo más profundo de tu alma, dolía ver cómo se deshacían de ellas frente a ti, sin un ápice de remordimiento. Solo te dignaste a observar en completo silencio. La mitad de tus recuerdos estaban impregnados en esas telas... o como suele decir tu madre: "trapos viejos de cocina". Esta mujer no tiene sentimientos.
Como iba diciendo, volvieron a llenar el clóset con nuevas prendas, y los hombres de la casa tampoco escaparon de su inevitable destino: renovar su vestuario.
Si la fiesta terminaba siendo un éxito, podrías compartir la grandiosa noticia al caer la noche...
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—Muy bien, señores, hemos terminado nuestra parte...
Las luces doradas bailaban sobre el escenario. Los adornos, con ese estilizado toque noventero, añadían un aire casi cinematográfico a la ceremonia de ascenso. Todo lucía impecable, calculado, digno de fotografía. Nada debía salir mal.
O eso pensaste.
Tras un día completo revisando listas, ajustando detalles con el equipo de protocolo e intentando prever cada complicación, sentiste cómo los tacones comenzaban a clavarse como dagas invisibles en la piel. Caminaste con disimulo hacia una banca en una esquina apartada del salón, lejos del lente de cualquier cámara curiosa.
—¿Ocurre algo? —la voz de Miles te sobresaltó. Se había acercado sin que lo notaras, moviéndose con la discreción de quien está acostumbrado a pasar desapercibido sentándose a tú lado.
Aunque vestía traje y la ocasión era solemne, su mirada seguía siendo la misma: atenta, entrenada para detenerse en lo que otros pasan por alto. No necesitaba estar en una escena de crimen para notar un gesto mínimo o una incomodidad escondida; era simplemente parte de quién era.
—No, no es nada. Sólo estoy un poco cansada... —intentaste disimular, como siempre, como si no fuera él quien te conocía mejor que nadie.
Miles se inclinó ligeramente, y con un gesto tan sencillo como categórico, señaló el raspón en tus pies.
—[Nombre]... la herida se ve a simple vista. Y está sangrando.
Miles te observó, con una sombra de decepción en el rostro por lo que acababas de decir. Intentaste convencerlo de que no se preocupara por "tonterías" como esa, pero sin decir nada, se marchó hacia una tienda cercana y regresó minutos después... con una caja de zapatillas amarillas en las manos. Te las entregó sin dramatismos, como si el gesto hablara por sí solo.
—¿Zapatillas?
—Sí. Amarillas. No son elegantes, pero no van a desangrarte —dijo, y se arrodilló sin dudar, con movimientos precisos, casi como si atar los cordones fuera parte de algún informe táctico.
—Miles... no tenías que molestarte.
—No me molesta. Lo que sí me molestaría sería verte seguir con esos zapatos en ese estado —ató el nudo final, con ese doble lazo típico de sus entrenamientos policiales—. Lo que importa es que estés bien. No el precio que tenían.
—¿Y los calcetines?
—No los vendían. Considera que evité que usaras servilletas —te guiñó un ojo, casi con orgullo.
Y tú sonreíste. Su forma de cuidar siempre era simple, sin hacer un escándalo de nada.
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La noche se desarrolló entre música y pasos compartidos. Bailaste primero con Miles. Como siempre, sus movimientos eran tan controlados como sus informes: exactos, sobrios, pero sorprendentemente elegantes. Luego tu padre te hizo girar por la pista, tan ruidoso como orgulloso. Pero fue durante el baile con tu madre cuando sentiste su mirada bajar hasta tus pies; no tardó en notar el cambio de calzado.
Los compañeros de trabajo de Miles se turnaron contigo en la pista, todos con más intención que ritmo. Pero él, al regresar tras los protocolos, fue el único que te hizo girar con armonía.
— ¿Estás disfrutando del baile?
—La música es increíble. Pero tus colegas... no saben seguirme el ritmo —bromeaste mientras él te conducía por la pista con facilidad.
—La mayoría baila como redacta sus informes: con miedo a equivocarse —sonrió.
Y con esa última vuelta, como si intuyera que ya no podías más, te sacó de la pista con movimientos precisos. Tal vez el baile no era su territorio... pero tú sí lo eras.
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Huyendo del calor y el ruido, saliste al patio. El ponche era una trampa que tus padres vigilarían, así que te conformaste con una bebida fría de la máquina expendedora. Te sentaste bajo un faro parpadeante, y el aire fresco fue un alivio.
Retire un frasco del cubículo, su superficie húmeda por la condensación. Bebiste pequeños sorbos de él. El sabor no era especial, pero la sensación en tu garganta... te daba algo parecido a la claridad.
Contempla el paisaje. Las luces de los faroles parpadean como si titilaran nerviosos. Las sombras de los arbustos se estiraban, largas, quietas.
No había ruido. Y eso te pareció extraño.
Te quedaste un rato sentada mientras terminabas lo que quedaba en la botella. Tus piernas, aún doloridas por el baile, se relajaron bajo la mesa metálica. El aire se volvió más frío, y no sabías si era por el clima o por la forma en que el silencio se espesaba bajo un techo de guirnaldas que ya no parecían tan alegres. Y entonces...
—Una dama sola... en una noche como ésta.
Tu cuerpo se sobresaltó. Escupiste parte de la bebida, que se escapó por tu nariz, ardiente. Tosiste una vez. Luego otra. Y giraste hacia la voz.
El sonido no vino de frente, sino de la penumbra más densa bajo el alero del edificio, donde la luz del faro no llegaba.
—No fue mi intención haberla sorprendido, señorita... Verás, en una ciudad tan grande como esta, es un tanto inusual estar acompañado ante una presencia femenina...
La brisa se detuvo. Como si el aire contuviera la respiración contigo.
Alzaste la mirada. El sujeto era extraordinariamente alto. Tuviste que inclinar la cabeza hacia atrás para seguir su figura. El techo, antes distante, parecía estar a punto de ser tocado por su silueta.
—Disculpe, pero ¿no le dijeron que esta fiesta era privada? —tu voz logró salir, aunque el ritmo de tu corazón se aceleraba. Lograste visualizar dónde estaban sus ojos: dos puntitos rojos que sobresalían entre la oscuridad... pero tal vez era tu imaginación. Tal vez—. Solo familiares o amigos que han sido invitados pueden estar aquí. Supongo que ninguno de los invitados lo conoce...
El "hombre" alzó la mano lentamente y se rozó el mentón con la yema de los dedos. El gesto no parecía reflejo ni costumbre... sino una réplica cuidadosamente aprendida de la humanidad. No parpadeó. No se mueva. Su mirada seguía fija en ti, como si estuviera identificando algo detrás de tu piel.
—Bueno, yo no soy un completo extraño. Todos en esta ciudad me conocen, y eso incluye al dueño de este local —su tono no era arrogante. Era una afirmación. Como si la ciudad fuese de él. Observó tu pequeña figura comparada con la suya— y, como respondí a su pregunta, ahora usted tendrá que responder a la mía...
—¿De qué hablas?...
La figura parecía inclinarse levemente hacia ti, sin moverse.
—La que te acabo de hacer cuando nos conocimos —agregó con voz rasposa
Lo pensaste. ¿Qué había preguntado exactamente? Entonces lo recordaste: "¿Por qué estás sola esta noche?"
—¿Que por qué ando sola esta noche? —el hombre caminando—. En realidad no estoy sola... pues yo estoy...
Te quedaste pensando. En el fondo sabías que no tenía sentido responderle. Un completo extraño había aparecido en medio de la noche, sin motivo aparente, solo para hablar contigo... no sonaba una buena idea. No en ese lugar. No esa noche. Lo meditaste una vez más, con cautela, y entonces pensaste en una ingeniosa respuesta...
—Yo estoy con usted —él se quedó mirando, sin cambiar de expresión—. Según nuestra diferente perspectiva de ángulo, usted me ve completamente sola, sin nadie que me acompañe, ¿cierto?... Pero, como yo lo veo, no estoy sola. Usted se encuentra justo a mi lado en este mismo instante. Y como yo pienso que usted debe ser demasiado listo para esto, sabrá que no encontrará ninguna falla a mi lógica...
Él te observó en silencio, su expresión indescifrable. Tu lógica no era perfecta, pero parecía que habías esquivado la pregunta con una agilidad que le interesaba. No habías gritado ni lo habías insultado, y notaste una chispa de curiosidad en su mirada, algo que lo invitaba a quedarse, a ver hasta dónde llegaría la conversación.
—Eso significaría que ya no estaría sola, y que en realidad esté acompañado... por mí —las palabras flotaron con una gravedad distinta.
En realidad, no querías responderle, pero su altura intimidante y la gravedad de su voz te hicieron pensar que tal vez no debías contrariarlo. Aunque parecía agradable, aún había algo inquietante en él.
De repente, escuchaste una risa baja y retorcida, un sonido parecido al crujir de un televisor antiguo. Era un ruido carente de enfado, una estática que no encajaba en la noche.
¿Quizás tuvo un mal día? ¿Quizás... no es humano?
Después de parar de reír, comenzó a hablar en un idioma desconocido. Se refirió a sí mismo con un nombre que se te escapó entre las palabras.
— ¿Puede repetir lo último?...
—Velkran Noctare —dijo con elegancia—, pero puedes decirme solo por mi nombre, querida.
Tomó tu mano. Su tacto era... como el de alguien que llevaba demasiado tiempo sin necesitar calor. Simuló un beso. O eso preferiste pensar.
—Muy bien... Velkran. Con su permiso me retiro nuevamente a la fiesta, si no le molesta —dijiste con la mejor compostura que pudiste reunir. Antes de dar el primer paso, te tomó por la muñeca.
Su mano estaba helada, y el frío pareció filtrarse bajo tu piel.
—¿Y si mejor me concede un baile en lugar de una aburrida despedida? Me pregunto si quién calza el oro siempre huye a medianoche —su voz adquirió un tono más profundo.
Antes de que pudieras responder, te atrajo hacia su pecho. La fuerza fue precisa. Su "mano" se posó en su cintura. Firme. No dolía. Pero no era algo que pudieras ignorar.
Sabías que para que te dejara ir, deberías concederle esta pieza. Accediste en silencio, dejándote guiar por el compás de la música que resonaba en los pasillos.
Afortunadamente, parecía estar de buen humor. No tenía malas intenciones... al menos no evidentes.
La música se filtraba por los pasillos. Aún había compás. Aún había armonía en el ritmo. Y Velkran lo conocía.
Lo guiaste. Él te guio más.
Admitiste, en silencio, que si lo hubieras conocido bajo otras circunstancias... quizás habrías bailado con él toda la noche. Su cuerpo se movía como si la gravedad fuera de su aliada. Como si cada pausa fuera tan deliberada como cada paso.
Pero eso no cambiaba el hecho: era peligroso.
Y habías leído suficientes historias de crímenes para saber que un movimiento en falso podría costarte más de una noche, una palabra equivocada podría romper el frágil buen humor que lo mantenía a raya.
Lo que parecía ser una hora se diluyó en pasos que no reconocías. En movimientos que nunca habías visto. Una velada... oculta entre sombras. Ningún juicio. Ninguna palabra.
Sólo ustedes.
—Cómo quisiera que esta noche durara eternamente... pero ya me he demorado suficiente...
Camina en pasos cortos. Lentos. La melodía parece desvanecerse detrás de él.
—Quizás en otra noche podemos continuar lo que dejamos oculto bajo las estrellas... ¿mi bella compañía?
Con un último giro, te soltó y retrocedió hacia las sombras, desapareciendo tan rápido como había llegado.
Solo entonces notaste el frío filo de una tarjeta de presentación que había deslizado en tu palma.
Velkran Noctare...
Una luna quebrada.
Ningún número visible.
Ningún texto normal.
Únicamente símbolos.
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——— Escena extra ———
En una limusina de interior aterciopelado, bajo las tenues luces cálidas que parpadeaban con el ritmo del motor, alguien tarareaba suavemente una melodía en clave menor, una voz que no era alegre pero sí contenida, como si evocara una escena grabada en la memoria, sin prestar atención a sus acompañantes, sin mirar el caos que había dejado atrás.
Al fondo del vehículo, dos ojos rojos, puntitos láser suspendidos en la penumbra, proyectaban una mirada que no transmitía afecto ni desaprobación, sino algo más pesado, una acusación muda, como si su sola existencia fuera una infracción invisible que nadie se atrevía a nombrar.
—Desapareces sin dar explicación y regresas tarareando... como si, hace apenas un par de horas, no hubieras intentado volarnos la cabeza. —escupió el mayor de sus hijos—. Nos arrojaste una granada, nos llamaste bolas de ineptos y ahora... ¿ahora vuelves como si nada?
La figura interrogada no respondió, siguió tarareando, desafiando a propósito, como si esa mera melodía fuera más real que los reclamos, más cierta que las palabras que lo rodeaban.
El ambiente se tensaba, nadie entendía qué le provocaba tanta calma, nadie sabía si esa "felicidad" era auténtica o una forma peculiar de burla, los demás estaban molestos, desconcertados, inseguros, y sin embargo nada de lo que haría
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