Capítulo 3 de Slynner, de Astnelly
Los años en el sótano
Oscuro, frío y un montón de cajas.
Ahi era donde Slynner se quedaría por un tiempo.
Los primeros días estuvieron bien, en momentos adecuados, le daban tiempo para salir y comer. Parecía eterno las horas que el encierro consumía en él.
Lo mucho que hizo para entretenerse: ver la ventana. Por muy extraño que sonara, habían caminado a la tercera planta. Ver toda la vida de otros afuera, le resulta llamativo.
Explorar, revisar más a fondo el sótano. Entre más veía, más quería irse. Casi no había luz, lo que proporcionaba la ventana, era un granito de arena. Paredes limpias, aún así, húmedas.
Un mes
El trato se volvía diferente, podía salir una hora al día, la comida se la llevan al sótano y pocas veces vio a su tía o hermana.
Estuvo así durante más rato. Un año. Dos años.
El horario de sueño afectó un poco, dormía lo suficiente. Casi sin permiso de salidas.
Al tercer año, salió.
Emoción reflejaba su cuerpo, una sonrisa por la compasión de sus padres.
Su vida fue igual. Ir y venir de la guardería, cenar y dormir. Bueno, la guardería también servía como escuela. Era alguien más grande cada vez.
Hubieron personas preocupadas, hasta dieron un paso en buscar que pasó. Más a los encargados de la guardería, con quienes pasaba el mayor de su tiempo.
La felicidad le daba la espalda una vez más, su cuarto año, fue un duro golpe en la cabeza. No cumplió con una tarea asignada, dictada bajo amenaza.
—Enseñale a andar en bici a tu hermana. —indicó su madre, Lily.
—Con cuidado, a menos que quieras ser castigado—decía su padre entregando la bicicleta.
Sin decir nada, Slynner sólo aceptó en silencio. Con sus manos toca la bicicleta, guíandola a donde su hermana, parada en las escaleras de la casa, esperaba tranquila.
Primero, le dio una pequeña demostración de como tenía que hacerlo. Después, ella se monta en el asiento de la bici. Una pierna en un lado y otra en el siguiente pedal.
La sostuvo por un rato mientras le indicaba en como debía moverse.
—Levanta una pierna, empuja y baja la otra —explica manteniendose atrás de ella.—Mirás al frente y con el timón sólo movelo si vas a girar.
Con eso dicho, logra rodar la bicicleta. Lento, después rápido, no mucho para caer. Cuando la confianza le llega, Slynner la suelta para que añade sola en la calle. Ahi estaba ella, aumentando la velocidad, fija en su camino. Adrenalina encendida, daba lo mismo si caía o no.
Snyn parecía un poni en ruedas. Orgullosa de un logro nuevo: la bicicleta.
Un motor feroz rugia a lo más lejano de la casa, el rugido se hacía más fuerte, lo equivalente a que tal monstruo acechaba cerca. Humo saludaba en la parte de atrás.
Snyn vio tremendo camión casi enfrente de ella, el instinto le decia sus sabías palabras: Gira o acabaras aplastada como plastilina.
Ese giro brusco la aventó a unos arbustos. Se enredó entre el. Era eso o acabar debajo de un camión.
Tarde vio aquel evento Slynner. Pobre fue de el darse cuenta.
¡Zas!
Camión paso al lado. Tenía prisa.
Cuando camión estar lejos, niño correr hasta hermana.
Herida estaba, sólo raspones en su rodilla. Raro era que no lloró. Un susto se dio. Algo bueno podría decirse.
Padres también asustados. Atención importante le dieron a Snyn, con ello, algo malo para Slynner. Eso bastó para ser llevado al mismo agujero.
—Papá, pero si ella fue la babosa que no se fija—reclamaba.
—Calla, tu estas ahi para acompañar y no lo hiciste. —dijo padre.
Un plato duro. A tientas lo regresaron al sótano, esta vez no serían tan suaves. Comer allí, salir no podía y...
—Sólo saldrás a bañarte, de lo contrario, vivís ahí—explicó su mamá. Cerró la puerta y dio unos pasos marchándose.
Nuevamente, en el sótano.
En este tiempo, ahora más grande, dedicaría una inspección más profunda en el sótano. Sería llevado en partes.
En unos rincones, se escondían grandes cajas con productos, papeleo y bolsas. Primero leería los papeles.
Abrió una caja, unos archivos bien ordenados sobresalieron. Todo lo hacía para matar al tiempo, hojeo cada uno.
De lo que llegó a entender era: el trabajo de sus papás. Ellos vendían mercancía de un lugar llamado J. I valga la redundancia, allí vive su "Tío". Los productos tenían descripciones específicas de que, algunas mercancías, provocaban alucinaciones o saltos de emocionales.
—No entiendo —murmura para el mismo.
También, una gran lista de compradores. Cada uno con el precio de sus compras, nombre con apellido; dinero que debe, o a la familia demoníaca a la que pertenece.
Cuatro años más.
Claro, en tanto tiempo, mantuvo su cordura en unos papeles y cajas.
En las cajas habían las famosas mercancías que tanto leyó. Con abrir bastaba para verlas, unas estaban en bolsas plásticas, otras en jeringas hadta incluso pastillas. En un papel marcaba: "mercancías mortales", que eran la mayoría de las cajas y otro nombrado como: "Sedantes"
Habían pocas con este último. Por curiosidad, abrió una de las cajas con nombre de sedantes.
Era puro polvo, un polvo oscuro. Este llenaba la caja. Se acercó más para ver, incluso aspiró el aroma que desprendía. Todo se movía, daba vueltas. Quizás era el efecto que provocó aquel polvo.
De un lado a otro sacudía su cabeza. Cerro la caja lo más que pudo. Se alejó.
—¿Eso qué?
Quedó de rodillas un momento, en espera de que el efecto vaya disminuyendo. Extraña fue la sensación que tuvo, una tranquilidad, unas ganas de no moverse o de dormir.
Desde ahí no abrió más la caja. Asustado quedo, en su mente, era mas que peligro seguir oliendo eso. El mismo se encargaría de no acercarse más allá, ya que, no tenía la más mínima idea de los efectos secundarios.
Sus días, cada vez, terminaban volviendo más terribles. Cansado, ya pensaba en un plan para salir de este castigo.
Debía hacerlo para no quedarse ahí por siempre. Ese plan tenía que hallar la manera de salir, y por supuesto, no ser atrapado haciendolo.
Sólo es un intento de escape.